El Demonio de los Árboles, los Bosques y sus Criaturas

 

 In Parallel Universe Far Far Away

 

1º Alpha11

 

Caminaba entre los árboles de un bosque lleno de vida, el sol de la mañana nos abrigaba con su luz tersa, el pasto era de un verde vigoroso, los árboles gentiles se mecían en su eterna calma, y el cielo azul celeste hacía navegar nubes blancas en gloriosa paciencia. En ese paraje podía sentirme uno con todo, como si el momento presente hubiera sido un regalo destinado a encontrarnos a todos ahí. En reconocer esa unión emergió una paz y serenidad que eran júbilo. El  júbilo que cuando llega no se le puede estudiar pues eso lo interrumpe y lo aleja. Así que lo recibí como un invitado más a esa reunión de buenos amigos.

 

Jubiloso paseaba por el bosque logrando mantener mi momento presente por mucho tiempo. Pasé cerca de un gran árbol que súbitamente se movió. Giré para mirarlo y vi que una figura humana que miraba de frente al árbol se daba vuelta perezosamente. Sus ropas viejas y andrajosas parecían de la misma textura de la corteza del árbol, lo que me había hecho creer que algo salía de él, y por ello mi sorpresa. Me sentí apenado por el sobresalto y con una sonrisa saludé a quien giraba con pesar para encontrarme.

 

- Muy buen día. Disculpe si le he tomado por sorpresa. Caminaba por aquí y no fui capaz de ver que usted estaba ahí. 

 

Aquella figura continuaba su lento girar buscando quedar frente a mí. Mientras giraba mire el perfil de su cara y pude ver que se trataba de un hombre muy viejo. Sufrí un instante por borrar mi sonrisa, no queriendo que aquella persona pensara que yo era un monje loco en la búsqueda de viejecitos para asustar.

 

- Estoy apenado por pasar tan cerca de usted sin ningún aviso. Estaba caminando distraído y no le vi. Muy buen día buen hombre.

 

El hombre que ahora me miraba de perfil esbozó una amplia sonrisa dejando ver unos pocos dientes. Habló con una voz extrañamente vigorosa, como de alguien más joven.

 

- Muy buenos días los que tiene usted también. ¡Oh por favor no se apene por mí! Yo soy quien asusta por estos bosques.

 

- Esta es una magnífica mañana y daba un paseo por aquí. Este es un paraje encantador. ¿Es usted de por aquí buen hombre?

 

- ¡Oh! Yo soy de todos los bosques y todos los parajes. Aunque lamentablemente no soy un buen hombre en la forma tan amable que usted quiere decir.

 

Finalmente quedó frente a mi y pude verle a los ojos. Con su mirada totalmente de frente sentí como si se imprimiera sobre mí un peso que trajo un malestar en el estómago. Miré a algún punto indefinido a mi lado derecho en el piso tratando de entender el origen de esa sensación. Él continuó hablando.

 

- No le había visto hasta hace unos momentos cuando le vi entrar en el paraje más allá y reconocí que usted es un monje muy especial. ¿En que venía pensando buen monje?

 

Mi sensación de malestar era como cuando se está indispuesto del estómago, aunque también era algo más. Junto con el malestar reconocí una incomodidad, como una sensación de tristeza e irritación, de hastío y nausea todo junto. Hice un esfuerzo por sacudirme estas sensaciones, haciendo como hacemos los monjes, poniendo la mente en calma y dejando que vengan pensamientos o sensaciones pero sin dejarles estar por ningún tiempo. Como cuando un ladrón entra a tu casa sólo para llevarse la sorpresa que la puerta de entrada es también la de salida. Algo dentro de mí me urgió a seguir mi camino.

 

- Un monje nada especial que camina por los bosques. Todos maravillosos. Yo venía meditando, no pensando realmente. ¿Por qué ha dicho que usted no es un buen hombre?

 

- Porque no lo soy. Hay un momento donde todo hombre debe poder reconocer la naturaleza de sus actos. Yo reconozco que he hecho cosas que sin duda no incluyeron la bondad. ¿Usted piensa que el arrepentimiento me salvará buen monje?

 

- En realidad no sabría decirle de salvación. Ciertamente meditar acerca de los actos de cada uno es de utilidad para comprender el sentido del propio camino. Y ahora yo debo continuar mi camino Señor, nuevamente le pido una disculpa por interrumpirle. Le deseo que tenga usted un hermoso día.

 

Di un giro y unos pasos para seguir mi camino habiendo concluido esta pequeña charla. Sentí esa sensación de malestar en mi estómago convertirse en alivio por poder irme de ahí. Hoy mirando aquellos instantes no puedo comprender como no reconocí el peligro que me asechaba.

 

- Por favor buen monje no tee marches. Te pido  auxilio. Sólo un breve tiempo y tu ayuda para este viejo que busca resolver unas pocas cuestiones, para así poder morir en paz.

 

En mi huída yo ya había caminado algunos pasos. Pero escuche perfectamente su solicitud. Deseaba seguir mi camino haciendo oídos sordos con la seguridad de que el viejo no me hubiera podido alcanzar. Dudé por un instante que hacer. Acudir a un llamado de auxilio es lo correcto de hacer, pero en este caso no se sentía así. En esos tiempos yo era muy ingenuo, así que me di vuelta y caminé de regreso para quedar nuevamente frente a él, convenciéndome a mí mismo que estaba haciendo lo correcto, y preparando un espíritu de ayuda.

 

- ¿Qué auxilio necesita buen hombre?

 

- Una pequeña conversación con un iluminado como usted para encontrar unas pocas respuestas que le den a este viejo un poco de alivio en sus últimos días.

 

En la cara del viejo se dibujó una sonrisa de satisfacción infantil por haberse salido con la suya en retenerme ahí.

 

- La  iluminación es un camino que se anda y nunca acaba. Una conversación con gusto podemos tener. Sólo le pido comprender que el único que puede encontrar y andar su camino es usted. No hay consejos, señales o augurios que yo pueda brindarle. No hay magia, buenaventura o divinidad que yo tenga para repartir. ¿Aún así desea conversar conmigo?

 

Esto te ha de sonar frío y duro de decir a alguien que pide tal auxilio. Pero es lo correcto ante esta solicitud. A menudo las personas se acercan a mi pues sienten que soy alguien que sabe lo que correcto de hacer, que mi camino tiene sentido, y que vivo en verdad; y aunque eso pudiera ser cierto, lo es para mí y en mi camino, y ello no lo puedo dar a otros como un toque de divinidad. Cada persona debe andar y darle sentido a su propio camino. Los humanos viven eternamente en el sueño donde un Dios, un místico, un hechicero o un rezo, les darán el milagro de curarlos, iluminarlos, o redimirlos. Eso es una ilusión, un sueño, un espejismo. No es real ni verdadero. Las personas que viven así no quieren despertar del sueño. Creen con todas sus fuerzas que el sueño es verdad y a eso le llaman fe. Creen que algún día llegará un milagro que les curará y a eso le llaman esperanza. Yo no soy nadie para despertarles de ese sueño tan dulce como cruel. Este hombre me pedía ayuda, así que debía ser claro desde el principio lo que es posible.

 

- Lo entiendo buen monje y deseo continuar. He entregado a la muerte a muchos humanos a lo largo de mi vida pues a mi entender todos ellos lo merecían. Tengo un anhelo ferviente de acabar con todos ellos pues tengo la certeza que la humanidad es una terrible enfermedad. ¿Ve usted como la maldad es exclusivamente humana?

 

- Sí. Lo es, pero, ¿Piensa usted que todos los humanos, todos y cada uno de ellos, son malignos?

 

- ¡Oh! no todos lo son todo el tiempo buen monje. Aunque en ciertos momentos todos eligen serlo. Son bombas de tiempo esperando a que llegue su momento de ejercer su malignidad. La malignidad que es la acción de agredir y hacer daño a otros sin merecimiento y con crueldad. ¿Conoce usted alguna otra criatura capaz de tal  maldad?

 

En las palabras del viejo había una pasión visible en su mirada aguda y sus facciones firmes que en el conjunto eran el semblante de una serpiente a punto de lanzar su feroz mordida. 

 

- En este planeta más de una criatura está muriendo ahora mismo a manos de otra por necesidad pero no por crueldad como la de los humanos. Nunca vi a un león apuñalar a otro por avaricia, a un árbol golpear con su rama a un mono porque es divertido, o a una rosa quemar un campo de girasoles por envidia. Pero dígame, ¿Cree usted que todos los humanos deben morir por su capacidad de ser malignos?

 

- Si. Todos ellos sin excepción. Mire por favor lo que están haciendo con este paraíso que es este mundo. Están destruyéndolo todo. Acabando con los bosques y los árboles. Contaminando los aires, mares y ríos. Masacrando a las criaturas de aire, mar y tierra. Los humanos siempre tienen sus razones para ello. Consumo o supervivencia. Entretenimiento o diversión. Por derecho y merecimiento. ¿Cómo es que no pueden ver que están acabando con su propia existencia? Son un cáncer que devora a su anfitrión, y cuando este muere finalmente, ¡así también el cáncer invasor! ¿Porqué los humanos no tienen la conciencia de comprender el error y rectificar el camino? En este momento de la historia ya se cuentan miles de millones de humanos y su comportamiento colectivo global es de la fase avanzada de un cáncer terminal. Ese cáncer no se detendrá. Seguirá adelante hasta concluir con su obra de matarse así mismo y al mismo tiempo, acabando con todo esto.

 

En esas últimas palabras sus manos delgadas y largas salieron de su andrajosa vestimenta y con un gesto mostró las palmas como en señal de sostener algo precioso y delicado.

 

- Y yo encuentro eso completamente injusto. ¿No cree usted?

 

- La injusticia aplica bien en este caso, aunque la justicia es trivial en un universo que se transforma todo el tiempo. La justicia como la entienden los hombres vería injusto que algo tan hermoso pueda algún día ser reducido a la nada, como inevitablemente ocurrirá con este hermoso paraje. El universo en su perpetua transformación acabará con todo esto algún día. ¿Quizás usted está deseando conservar algo que no puede ser conservado?

 

- Pero los humanos están acelerando un feo final. ¿Por qué permitirlo? Dígame buen monje, si usted enfermara por un virus mortal, y yo tuviera la cura, aplicando su juicio entonces yo podría dejarle morir al no dársela, dejando que la evolución se encargue. ¿Le gusta su lógica aplicada en usted? 

 

- Si es lo que le dicta su conciencia hacer es lo que yo terminaría aceptando. Aceptaría que la muerte ha llegado y dejaría atrás mi amor por vivir. Aceptaría que mi momento de ser asesinado por usted es este. Abandonaría aferrarme a la vida y aceptaría lo que es irremediable.

 

- ¿Está usted seguro de lo que está diciendo buen monje?

 

- Mi camino es el de no aferrarme, de aceptar y dejar ir. Para ello vivo en el momento presente donde un pasado de remordimientos y un futuro de ilusiones no existen. Sólo tengo ‘el aquí y el ahora’. ¿Quizás usted sufre pues tiene una gran expectativa?

 

- Sí. Tengo una gran expectativa y no tengo otra opción más que conservarla y resolverla. Usted estará algún día sujeto a esas convicciones que expone con tanta seguridad el día de hoy. Cuando le llegue su momento por favor acuérdese de lo que ha dicho. No reconozco la orden de monjes a la que usted pertenece. Esas ropas nunca las vi antes. ¿Qué clase de monje es usted?

 

En las palabras del viejo no hubo gestos de amenaza. Fue como si me diera un consejo paternal enérgico. Algo dentro de mí se agitó con fuerza. No porque estuviera frente a alguien que decía haber matado personas, sino porque en el camino los encuentros más terribles son con nuestras propias convicciones. 

 

- Soy de un monasterio pequeño muy lejos de aquí. Nuestro guía era muy peculiar en cuanto a los ordenamientos se refiere, y ha creado un grupo sin muchas de las convenciones clásicas en un esfuerzo por flexibilizar la enseñanza, para así romper ciertas ataduras que habían convertido al camino en algo mecánico.

 

Explicar todo esto era innecesario pero lo hice en un esfuerzo por dar un poco de aire al último intercambio que había tenido algo de tensión. Aunque hoy sé que la tensión sólo estuvo de mi lado.

 

- ¡Un monje rebelde! Que magnífico. He conocido muchos hombres de dogma y fe. Monjes, religiosos, sacerdotes, chamanes e iluminados. Todos farsantes. Todos ellos hablaban y hablaban pero detrás de sus palabras había la nada. Ilusos viviendo en las ilusiones que alguien más les enseñó y que ellos enseñaban a otros. Pastores y borregos todos andando, chillando y balando. Repitiendo y repitiendo. Sabiendo nada acerca de lo que es verdad. Pero tú eres diferente monje rebelde.

 

El hombre agudizó su mirada sobre mí como si mirara un tesoro perdido y de vuelta encontrado. Nuevamente sentí como si sobre mí se imprimiera un peso, y otra vez una amargura y una tristeza que me salían de no se donde. Me sentí algo cansado y justifiqué que quizás mi último alimento me habría enfermado. Percibí un sabor amargo en la boca y me distraje por un instante. Volví en mi mismo para escuchar lo que terminaba de decir aquel hombre.

 

- Lo sé desde que entraste caminando a este paraje. Lo sé desde hace días que anticipaba tu llegada. Alguien especial vendrá, sabía yo, y tú viniste. ¿Alguna vez has amado buen monje?

 

- Si.

 

- ¿Esposa, Padre, Madre, Hijo, Hija, Maestro?

 

- En mi camino no hay esposa o hijos. A mis Padres no los conocí.

 

- ¿Cómo puedes saber lo que es el amor si no serás esposo ni padre, y no fuiste hijo?

 

Exploré dentro de mí la respuesta a esta pregunta. Nunca sentí la necesidad del amor por una esposa e hijos, ciertamente no sabía lo que era, pero no lo añoraba. Cuando era un niño me amargué pensando que mis padres me habían abandonado al dejarme en un monasterio para mi instrucción y por cierta comodidad de su parte. Con el tiempo mi amargura se disolvió, perdoné a mis padres, y luego a mí mismo por haberles juzgado con mi tristeza. Pero en ese momento no podía decir con verdad que amaba a mis padres. Mi supuesto perdón no incluía el amor incondicional y eso no estaba bien. Pasaron algunos segundos mientras meditaba esto. El viejo parecía reconocer todas mis dudas.

 

 

Om Shanti

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In the Present Moment the Total of the Universe is Contained.

 

  

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