El Demonio de los Árboles, los Bosques y sus Criaturas

 

In a Parallel Universe Very Very Near You

 

2º Gamma 2

 

- Por favor buen monje escucha mi historia del amor más grande que yo tuve. Así sabrás lo que quiero decir. Pues por ese amor es que protejo, y según tú, me aferro. Hace algún tiempo caminaba por un bosque parecido a este. Todavía puedo ver los árboles majestuosos y húmedos, y el cielo gris misterioso con su aire frío y puro.

 

El viejo me ofreció asiento el cual agradecí junto con la oportunidad de parar de hablar y escuchar la historia. Así podría descansar de este malestar que se mantenía como un zumbido distante pero constante. Tomé asiento en el pasto verdísimo terso a la vista y gentil al tacto. A mi lado izquierdo un grupo de pequeños hongos que las lluvias recientes habían hecho emerger parecían mirarnos curiosos, a la derecha unas bellísimas flores azules muy erguidas trataban de beber mucho sol y parecían totalmente indiferentes a lo que ahí ocurría. El viejo no se sentó.

 

- Unas breves gotas caían tenues después de una lluvia que había refrescado el bosque y había vuelto la vereda lodosa. Al frente a unos pocos metros más allá vi una pequeña caja blanca manchada de lodo. Las veredas y parajes que camino están siempre alejadas de los humanos, sus aldeas y pueblos. Mirar uno de sus artefactos es poco corriente. Me acerqué con pasos precavidos a la pequeña caja la cual tenía tres agujeros del tamaño de una moneda tallados en su lado izquierdo. La caja estaba cerrada con una banda elástica que sellaba la tapa ferozmente.

 

El viejo usaba sus larguiruchos brazos y manos para narrar la historia. Sus movimientos eran finos y precisos. Su mirada y su ser estaban totalmente inmersos en su narración. No sólo la narraba, estaba reviviéndola. 

 

- Escuché un ruido, una especie de rechinido, luego un ladrido como de una diminuta criatura, y así debía ser, pues la caja medía de largo lo que un antebrazo, y de alto y ancho la mitad de eso. Me puse de rodillas con sigilo y con todo el cuidado quité la banda elástica de la caja y liberé la tapa. De ella emergió una pequeñísima criatura canina que rápido montó sus patas delanteras sobre el borde de la caja, y moviendo su pequeña cola me miró con el alivio más genuino.

 

Para cualquiera que mirara a este hombre no podría imaginar su supuesta vocación de muerte. El revivir de su historia lo había llevado verdaderamente a ese momento y a ese lugar. El no me miraba más a mí pues miraba todo aquello que volvía a revivir. El brillo de sus ojos era un constante destello de asombro. Mirarlo era un deleite extraño.

 

- Un par de ocasiones me regaló un ladrido diminuto de agradecimiento. ¡Qué feliz estaba! parecía que el pequeño había encontrado su más grande tesoro. Mi mirada quedó varada en sus pequeños ojos, y por un instante, que entonces pareció una eternidad, y hoy sólo un suspiro, pude ver en la profundidad de sus pequeñísimos ojos la majestuosidad de lo que es fiel y gentil. Era el universo de consciencia que se reflejaba en los ojos de esta criatura. Fue un regalo y una sorpresa. En ese momento algo hondo dentro de mi encontró su sentido, y todo lo que en aquel entonces me importaba tanto se redujo a una nada. Con delicadeza sostuve al pequeño en las palmas de mis manos haciéndole un hueco que le ofreciera algún calor. Pude ver que el pequeño era en realidad, una pequeña. Lamió uno de mis pulgares en agradecimiento mientras yo la acercaba a mí cuerpo para ofrecerle el mayor calor posible. Era una criatura única pues todo el lomo lo tenía sin pelo, dejando ver una piel de color gris claro muy tersa al tacto. En su pecho, cara, orejas y patitas tenía un fino y largo pelo blanco. Toda ella en su conjunto era una verdadera monada. Revisé la caja donde la encontré y por debajo de la caja unas letras escritas torpemente decían: “Shoyo”. Junto a las letras un dibujo de bolitas y palitos describían un instante de sonrisas en la historia de una niña con su perrita.

 

Giró su cabeza rápido como rayo y me miró con furia como si yo fuera un acusado a ser declarado culpable e inmediatamente castigado. Volví a sentir una punzada de malestar en el estómago que esta vez vino y se fue en un instante. Habló severamente.

 

- Ninguna niña que amó a esa criatura podría haberla abandonado de tal forma. El origen de la tragedia del abandono fue una bestia humana de las tantas que habitan este mundo. Un padre imbécil que en su ignorancia y nauseabunda vida decidió que abandonar a esa pequeña criatura resolvería algún minúsculo problema de su patética existencia. ¡Y mira que piadoso! pues no la mató con sus propias manos en un acto de piedad hipócrita, sino que la dejó encerrada en una caja para darle una muerte pavorosa por la sed y el hambre. ¡Y mira que buen padre! pues la crueldad ha sido entregada en igual cantidad a su hija por quitarle lo que más amaba, y lo único que seguramente ella tenía, pues de otra forma en esa pequeña historia de bolitas y palitos habría aparecido el padre imbécil aunque fuera pequeño y fruncido. Así son estas bestias humanas te digo. ¿Alguna vez has visto a alguna otra criatura de este planeta actuar con tal crueldad? ¿Alguna vez has visto ese desprecio por otras formas de vida que rápido se vuelve brutalidad? No. Esas son características de la bestia que son los humanos que infectan este mundo.

 

Me miraba con furia implacable siendo yo el representante de todos los humanos en ese momento. Quise hacerle una pregunta que le hiciera reflexionar acerca del error que representaba su generalización, pero preferí seguir escuchando.

 

- En estas amplias mangas de este viejo abrigo pude darle resguardo y cobijo a la pequeña. Los pocos que me miraron caminando jamás imaginaron que entre estas ropas viajaba una pasajera adormilada. Ella caminó conmigo por mucho tiempo. Fue una compañía tan inesperada como necesaria. Los humanos aseguran que los perros son el mejor amigo del hombre. La frase quedó muy corta para Shoyo que más que una compañera fue la única hija que yo tuve. En todo el tiempo que vivió conmigo pude contemplarla y reconocí que esas criaturas son capaces de agradecimiento, perdón y amor verdadero. Nunca de desprecio, crueldad o indiferencia. Dime, ¿Es un error tener un amor tan grande con quien los humanos señalan como un ser inferior? ¿Podríamos afirmar con verdad que hay seres inferiores o superiores en este mundo o cualquier otro mundo? ¿Y donde el humano resulta siempre el ser superior aun siendo capaz de una ruindad única? Si la evolución ha hecho a los humanos el ser superior en este mundo entonces son una anomalía. No se puede comprender al universo existiendo por miles de millones de años si toda la evolución debió pasar por la fase de la bestia como lo es el humano que lo destruye todo y así mismo. Ellos no pueden ser un eslabón de una correcta evolución. Son una anomalía, una enfermedad, un cáncer y su virus. La malignidad es exclusivamente humana y habrá de operar una cura para librarnos de ella.

 

Hizo una pausa para voltear a mirarme nuevamente. El viejo no esperaba que yo estuviera de acuerdo o en desacuerdo. Más bien me miraba con resignación y pensé si era oportuno sospechar si este viejo daba toda esta charla como justificación para arremeter de improvisto y cometer uno más de sus crímenes, esta vez conmigo. Pero no se sentía así. Algo me decía que este no era el modo de operar de este asesino, si acaso lo era.

 

- Que hermosos instantes pasamos Shoyo y yo recorriendo nuestros bosques amados que nos cobijaban con su inmortalidad y misterio, inhóspitos y espesos nos ocultaron de los humanos y sus peligros. Ella necesitaba comer poco y el bosque proveía fácilmente. Los momentos de juego diarios eran alegría pura y no conocí más el infierno del aburrimiento. La única preocupación era el frío, pues ella no creció ni en el tamaño de su cuerpo, ni en el pelo que debía cobijarla, así que siempre necesitó de una fuente de calor que con gusto proveí con la cercanía de mi cuerpo. ¡Qué felices éramos! Shoyo había venido a mi vida como un regalo que no merecía, como un acto de una piadosa fortuna. Yo sabía en cada ocasión que le acariciaba, que jugábamos, que la alimentaba, al acurrucarla, al protegerla, al hablarle, que ella era un milagro. Ella fue el primer amor verdadero que yo tuve. Siempre busqué gustosamente su comodidad, seguridad y alegría. Ella con naturalidad me devolvía el tesoro de la compañía, la maravilla de la aceptación incondicional y el misterio del amor verdadero

 

Quedó quieto mirando a Shoyo que le miraba ahí junto a las flores azules con sus ojitos brillantes y su pelo blanco revuelto en su pequeña cara. Las finas y largas manos del viejo mantenían un gesto como para atraparla y evitar que se escapara nuevamente a la profundidad de sus recuerdos. 

  

- Las criaturas de este mundo son capaces de amor verdadero e incapaces de malicia. En cambio poquísimos humanos conocen el amor verdadero, aunque ciertamente todos conocen el desprecio y la crueldad que les emerge desde infantes. Ese desprecio y desdén por todas las formas de vida que rápidamente se convierte en agresión cruel. Es muchísimo más frecuente mirar a un niño patear una pequeña flor o pisotear una hormiga porque estaban en su camino, que moverse a un lado por un genuino aprecio y respeto por la flor y la hormiga.

 

Yo asentí con la cabeza instintivamente ante esto último. El amor verdadero en su plenitud lo experimentan muy pocos humanos pues la mayoría lo confunde con el enamoramiento entre personas, la aceptación temporal de la responsabilidad paternal, alguna alegría pasajera egoísta, o un gran apego. Y ciertamente el desprecio y la crueldad les llega pronto desde muy jóvenes.

 

- Los humanos en su racionalidad han creado un orden en sus sociedades al que le llaman civilizado. Desprecian todo lo que está fuera de ese orden, a todos nosotros y a todo esto, llamándole salvaje y animal. En el centro y origen de su orden está la salvaguarda egoísta, esa determinación fria de ver primero por sí mismos, y luego una asociación con otros humanos cuyos frutos son de naturaleza igualmente egoísta. Todo lo que el humano hace es por y para sí mismo. Las manifestaciones de actos de ayuda al prójimo son escasas y a eso le llaman caridad. Como si la caridad fuera un acto y no una forma de vida. Yo sólo tenía a Shoyo, a los árboles, los bosques y sus criaturas. Les amaba tanto y deseaba que estuviéramos juntos toda la eternidad. 

 

El amor verdadero no puede ser eterno, pues todo en este mundo y el universo muere para cambiar y transformarse. La vida eterna querida mía, es una ilusión.

 

- Lo que ocurrió a continuación no lo pude nunca anticipar ni en mis sueños más extravagantes.

 

 

Om Shanti

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