El Demonio de los Árboles, los Bosques y sus Criaturas

 

In a parallel Universe Very Very Near You

 

5º Mu6

 

- El día de nuestro siguiente encuentro me encontraba por la tarde disfrutando mi tiempo con Shoyo. Ella pedía muy poco y los momentos de juego eran un tesoro. Nuestro juego consistía en lanzarle un pequeño muñeco de trapo que ella perseguía con la determinación feroz de los canes. Me lo traía de vuelta para que yo le diera vida una vez más a ese monstruo que nos atacaba. Lo lanzaba de una mano a otra haciendo ruidos de alguna criatura fantástica y ella saltaba atrapándolo en el aire. Luego lo lanzaba unos metros adelante y ella iba nuevamente en su búsqueda para traerlo. Sus ojos que siempre eran somnolientos estaban muy despiertos en los momentos de juego, evidenciando el instinto de caza alegre que nunca cesa en esas bellas criaturas. Algo tan simple daba tanta dicha a esta pequeña. Afortunada. Con el tiempo este juego tan sencillo y rutinario fue un tesoro para mí también, y a menudo era yo quien lo iniciaba, y ella quien lo terminaba con un sueño bien ganado, pues era lo menos que podía recibir después de sobreponerse a ese monstruo que siempre aparecía al día siguiente. Al llegar la noche fría lo que ella buscaba era calor pues por su falta de pelo ella no podía mantener el calor que su pequeño cuerpo producía. El bosque húmedo y frío de la noche la hacía huir hacia mis ropas donde encontraba un calor que yo siempre le di como un nido protector. No hubo día o noche a donde Shoyo le faltara su juego, su calor, y su alimento. Que dicha para mí era conseguírselo y verle tan feliz de recibirlo. De vuelta yo recibía por centuplicado esa alegría y amor tan especiales. A menudo cuando la contemplaba dormida a la luz de las estrellas le preguntaba, “¿Qué más puedo hacer por ti? ¿Qué necesitas? Ten la seguridad que yo te lo conseguiré.” Ella no necesitaba nada más y gracias a ella yo aprendí a no necesitar nada también. Te aseguro que las criaturas de este mundo comprenden más de lo que los humanos ven. Había momentos donde sus pequeños ojos miraban con profunda consciencia. Una mirada de paz y cariño que me llevaba a abandonar mis amarguras y pesares. A veces me avergoncé de reconocer que no fui yo quien la rescató y curó, sino ella a mí. Ese día del próximo encuentro, en el bosque que es mi madre y mi padre, aguardando a mi musa que había abandonado sus peligrosos propósitos, Shoyo me volvía a mirar de esa forma, reflejando en sus ojitos el universo y sus estrellas. Y vi con la claridad que te veo ahora, una luz que me rodeó y cuya cualidad no era la luminiscencia, sino una paz radiante. Una paz que no conocía y que al llegar me hizo comprender de golpe, como cuando se ve un paisaje no por partes sino completamente, que la paz crea paz, tal como la violencia engendra más violencia.

 

Nunca hubiera imaginado a este viejo encontrando un lugar de esa profundidad. Sentí una envidia extranjera y me di cuenta que este pensamiento no era digno pues yo no era el poseedor de ningún lugar de profundidad exclusivo. Me sentí terriblemente avergonzado por volver a caer en la eterna trampa del ego, esa que nos dice que somos más que los otros, y por lo tanto especiales. Me sacudí mentalmente buscando mi simplicidad para remplazar ese ego, y por primera vez, no pude. Una falta de fuerza, o voluntad, no me dejaron hacerlo. El detectó que algo andaba muy mal en mí y siguió hablando. Su rostro cambió a ser muy sombrío.

 

- Una voz distante de alarma llegó a mi mente como el golpe de un martillo: “¡Auxilio Señor de los Bosques, los Árboles y sus Criaturas, ven en mi ayuda te lo pido!” Me levanté rápido y tomé a Shoyo escondiéndole en las mangas de este abrigo. Caminé con paso veloz y resuelto al paraje de nuestros encuentros. Llegué y no había nadie. Dije en mi mente para ella: “¿Donde estas?, no te veo en el lugar de nuestros encuentros.” Un grito apuñaló mi mente: “¡Estoy en el pueblo, enfrentando con sangre a los hombres supersticiosos!” Una exhalación dolorosa salió de mi cuerpo involuntariamente. Miré en todas las direcciones del bosque detectando el camino más rápido al pueblo. Supe por donde iría. Tomé a Shoyo y la resguardé en un recoveco de un árbol cerca de donde mi musa hacía el fuego. El recoveco era adecuado para protegerla del frío, de alguna criatura depredadora, o peor aún, de algún humano curioso. Me miró con ojitos sobresaltados por el cambio de rutina tan poco corriente, pues nunca le dejaba sola ni por un instante, mas no me atrevía a llevarla a la guarida de las bestias donde se encuentran los peores peligros. El bosque sabría cuidarla así que le hablé suavemente diciéndole que todo estaría bien. Ella me miró en silencio como si entendiera. Levantó una patita y rascó el árbol en un gesto que yo interpreté como que ella estaría bien en su singular refugio. En ese momento me gustó pensar que suerte me deseaba. Corrí hacia el pueblo, el corazón batía fuerte sobre mi pecho, y al llegar a la entrada del pueblo sus latidos eran los de un tambor de guerra en las sienes de mi frente. Me encontraba en un estado de alerta y acecho que mi pánico y desesperación ayudaron a crear. Estaba listo para quemar y matar. Entré corriendo al pueblo que estaba en oscuridad total. Un poco allá en el horizonte vi el resplandor de una gran fogata. Corrí cruzando calles, casas y jardines vacíos de almas. Llegué a la plaza del pueblo donde una muchedumbre alegre estaba siendo entretenida. Un hombre al pié de un poste de madera sostenía un martillo enorme. Lo movía con pericia de un lado a otro como para demostrar que la temible arma tenía su gracia. Busqué a mi musa. Más allá detrás del hombre y el poste una casa con luz mortecina dejaba ver siluetas que discutían y acordaban. Me moví con rapidez entre la muchedumbre, logrando que los miembros de la turba se hicieran a un lado, tal como el fuego abre una brecha entre las serpientes. Llegué por el costado de la casa de formas puntiagudas. Me escabullí por una puerta de vigilantes absortos por lo que ocurría ahí dentro. Un juicio. Hombres vestidos de color sangre y oro precedían con sorna y desprecio. Frente a ellos, hombres y mujeres acataban con sumisión y miedo. El líder de los que precedían dijo con una voz autoritaria de matices severos logrados con años de abuso: “¿¡Eres la amante del demonio!? ¡COON…FIESA!”. Sonaron cadenas a rienda suelta y algo cayó del techo de doble altura. Un cuerpo azotó haciendo ruido de huesos de rodillas y codos que se estrellaron con la madera, junto a una exhalación dolorosa por el aire que se escapa rápidamente, y un grito agudo femenino. Mi ser necesitó un instante para reconocer la cabellera roja. Mi musa. De inmediato y a las esquinas del recinto cuatro hombres jalaron con vigor las cadenas para elevarla con ayuda de poleas y colocarla en el punto de mayor pánico, siendo la verdadera tortura el instante donde el torturado va en caída, y presiente el terrible golpe que llega. En el piso quedó dibujado un cuerpo de sangre por las repetidas caídas, junto a varios dientes. Miré hacia arriba. Mi musa había sido arrancada de su paz mientras dormía, traía un camisón azul cielo que sin las rasgaduras ni la sangre hubiera sido la única vestimenta que un ángel podría haber necesitado. Le habían querido robar la dignidad al sostenerla así para que sus piernas y brazos desnudos fueran expuestos ante estos testigos inmundos. Su rostro ensangrentado tenía sendas llagas en su frente y mejillas, su nariz fracturada sangraba mucho, sus bellos ojos eran apenas visibles por una brutal hinchazón. Todos narradores inmisericordes de la tortura de estas bestias humanas.

 

- Dije en mi mente para ella: “Estoy aquí. Voy a detener esto y para ello traigo un infierno.”

 

- Ella dijo con dificultad: “Señor nos los destruyas. No saben lo que hacen. Estoy en paz.” Los hombres de rojo y oro se miraron unos a otros con indignación. Los asistentes se afligieron y se lamentaron aún más. El líder inquisidor dijo con sorna: “¡Miren a la bruja! sigue en contubernio con el demonio. ¡Verás como el martillo y el fuego te harán huir del cuerpo de esta criatura! Yo te exijo demonio: ¡¡Dime tu nombre!!” Mi musa giró su cabeza con dificultad buscándome, y por primera vez, nos miramos a los ojos, y por encima del terrible dolor que debió sentir, me regaló una sonrisa. Entre la hinchazón de sus párpados se asomaron sus ojos azules llenos de vida, sin una gota de resentimiento, ni un ápice de venganza, ni una traza de odio.

 

- Dije en mi mente para el juez y verdugo: “Soy el Demonio de los Bosques, los Árboles y sus Criaturas. Tú eres sólo un fraude más de tantos.” El de rojo y oro se levantó de su silla como impulsado por un resorte. Atestiguando finalmente la manifestación de un demonio tal como lo aseguran las escrituras. Pasó a estar frenético y dijo: “¡Ah con que eres el demonio de los bosques oscuros y las bestias dices! ¡Manifiéstate demonio y déjate ver!” Todos los presentes retrocedieron y se increparon mirando con temor al juez. El temor de saberle la mayor autoridad presente, y ahora el vidente de algo que estaba más allá. El juez gritó a todo pulmón haciendo vibrar los vidrios de las ventanas: “¡Te aguarda el infierno que el único Dios tiene para ti! ¡Y yo en su nombre te entregaré justo castigo! ¡Ángel caído te enfrentarás a la ley divina!” Los presentes y los hombres de las cadenas se miraban unos a otros deseando que alguien les explicara, sólo para encontrar ojos bovinos de mutua confusión. El Juez les interpeló con furia,“¡¿Que no le han escuchado decir que es la bestia, que es un demonio?!” El Juez encontró ojos sumisos y negativas de cabeza así que decidió ir tras el demonio quien era al final de cuentas el verdadero rival. Gritaba furioso a todos lados deseando una prueba que le reivindicara, “¡Muéstrate cobarde! ¡Tú señor del mal, la oscuridad, las mentiras y las moscas!” Quedó un segundo de silencio y luego se escuchó una risa angelical despreocupada: “ja ja ja, ja ja ja”, era la torturada inexplicablemente recuperada con ojos azules divertidos que miraban al juez riendo entretenida. Mi Musa habló suavemente: “La maldad es sólo humana, los humanos son los ángeles caídos.” Los asistentes se asustaron mucho pues ningún torturado antes habría mostrado tal descaro. McAllure, el juez y verdugo, engalanado en sangre y oro, vociferó: “¡Pues claro está que el demonio está dentro de la muchacha! ¡la haz poseído, la has hecho tu concubina y ahora repositorio de tu luz de la mañana! ¡oh, demonio lujurioso diamante negro!” Los asistentes entraron en pánico, se levantaron de sus asientos y corrieron afuera del recinto pues mi musa volvía a reír, y esta vez sin poder detenerse. McAllure sentía miedo pero debía imponer algún orden, así que dijo con voz autoritaria pretendiendo compostura: ¡Bajen a la bruja que ahora enfrentará al fuego y al martillo!” y salió rápido dejando convenientemente a los de las cadenas el trabajo difícil de lidiar con la poseída, y el temible demonio que llevaba dentro.

 

- Dije en mi mente para ella: “¿Porqué no me dejas detenerlos? Son muchos pero son simples, cobardes y supersticiosos. Todas armas a mi favor.” Mientras era bajada del instrumento de tortura le volvían olas de dolor en todo su cuerpo y se lamentaba con quejidos que me inundaron de pena. Quizás el dolor le daría la convicción para permitirme ir en su ayuda y desplegar mi furia. A seis metros de distancia tres personas le miraban con miedo y tristeza. Una mujer joven mirando de lado avergonzada, una mujer de rodillas mirándole con amor impotente, y un hombre grande y fuerte de barba blanca, que con puños cerrados y venas saltadas deseaba poder sacar a golpes a ese demonio fuera del cuerpo de su hija. Pero nadie en este rebaño de ovejas eternamente ilusas tenía la más mínima intención de interceder para detener esto.

 

- Ella dijo entre mucho dolor y sintiendo como se le escapaba la vida: “Soy libre. Cuéntame un cuento para quedarme dormida. ¿Quién eres?” Su madre miraba el monólogo de su hija con tristeza, añorando que ella se entregara a Dios en sus últimos momentos, y parara de parlotear con el demonio. Su hermana lloraba, se jalaba el vestido y giraba ferozmente el cuello de un lado a otro para no ver lo que ahí ocurría. El padre en su mente le repetía y le repetía, “Te alcanzaré en el infierno hija mía, y de él saldremos juntos.” Los de las cadenas tenían algunos aprietos para retirarla del instrumento de tortura mientras pensaban que ya pronto el buen fuego le haría bien a esta pobre muchacha poseída. Era una pena que el demonio hubiese tomado a la más hermosa e imposible de todas las mujeres del pueblo.

 

- Dije en mi mente para ella: “¿Cómo pueden los humanos pretender saber todo acerca del universo, si ni siquiera pueden comprender el mundo que huele el lobo, que escucha el murciélago, y que ve él águila? El universo es un gran artista que pinta su obra con millones de colores, y el humano puede ver apenas unos cuantos.” Los de las cadenas lograron removerla del artilugio metálico de tortura. La levantaron con delicadeza a la vez que se miraban por lo bajo deseando no ser descubiertos en esta muestra de debilidad afectuosa. Había algo en el fondo de sus corazones indolentes de verdugo que les decía que esta chica no podía ser una temible adoradora del demonio. La cargaron tomando cada uno una extremidad con cuidado y sin aplicar fuerza, y si en cambio endureciendo las facciones de sus rostros, para evitar cualquier suspicacia que cuestionara su lealtad a la brutalidad. Esta muestra de piedad no fue detectada por mi Musa que sentía olas de horrible dolor al pasar su cuerpo a nuevas posiciones, haciendo sus lesiones y fracturas gritar. 

 

- “Hacer consciencia es ir en búsqueda de la verdad pues desconfía de la memoria, pues sabe que la verdad que ahora es correcta, más tarde no lo será más. La verdad y el universo están siempre y en todo momento moviéndose, cambiando, transformándose.” McAllure pidió acelerar el castigo pues la joven ya moría. El hombre del mazo hizo un berrinche pues lo había estado blandiendo tan hábilmente, y se sentía desposeído de no poder servirse de un poco de la adoración de este público enardecido.

 

- “Los humanos están ciegos en consciencia. Un veneno del más alto grado los infectó. Este veneno de consciencia los convirtió en un cáncer destructor de la vida. El veneno es el mal puro y trae consigo una forma de ceguera. Por ello están acabándolo todo, y no se dan cuenta.” El altísimo McAllure acabó su corta diatriba al público y los esbirros se disponían a encender el fuego.

 

- “Yo vengo de otro espacio y tiempo. Vengo a purificar el cáncer que son los humanos. Mi misión es acabarlos a todos para acabar con este mal, y que así no pueda infectar otros mundos.” Mi Musa seguía contemplándome con la paz que le permitía un cuerpo que ya se había escapado a todos los dolores.

  

- “Muchos vinieron antes a intentar despertarlos. Los mataron los ancestros de estos que hoy te están matando. El número seis debe limpiarlo todo. Me distraje por un tiempo porque encontré el amor verdadero. Hoy estoy listo para completar mi trabajo.” Y de sus ojos azules eternamente gentiles se escapó la vida. Partió dejando a las llamas del fuego huérfanas de su dolor, a la turba de bestias desilusionadas por los lamentos que les entretuvieran y que no llegaron, a la frustración del juez que añoraba ver a un demonio doliente, y a mí, partido en dos para siempre.

 

El viejo contemplaba un punto en lo alto, mirando el cuerpo sin vida de su musa ardiendo en la hoguera.

 

- Me sentí terriblemente angustiado en mi pérdida, extrañándole enseguida como si se hubieran juntado cien años de su falta, y con la velocidad que se propagaba ese fuego en sus ramas secas, asomó su fea cara, mi furia y su venganza. El juez habló buscando llenar el silencio incómodo de un ritual de purificación fallido: “Ya se encuentra este bello ángel frente a Dios para ser juzgada, ¡pero libre del demonio que la poseyó! ese demonio de las bestias y la oscuridad de los bosques. ¡El ahora mismo enfrenta también al fuego eterno del Dios misericordioso! ¡Declaro este pueblo libre del mal, sus demonios y sus brujas!” La turba respondió con alaridos de victoria mientras miraban al horizonte detrás mío en dirección del bosque. Giré mi cabeza para mirar a lo lejos, a mi bosque envuelto en llamas.

 

Mi espalda se arqueó violentamente como si fuera a vomitar una comida que no estaba ahí. Salió aire una y otra vez sin recibir el alivió de hacer salir lo que me enfermaba. Esto se repitió demasiadas veces, me sentí muy enfermo, así que me recosté de lado abrazando mis rodillas. El viejo me contempló con indiferencia y siguió narrando.

 

 

Om Shanti

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