El Demonio de los Árboles, los Bosques y sus Criaturas

 

In a Parallel Universe Very Very Near You

 

6º Pi6

 

- Corrí como el viento pensando sólo en una cosa: Shoyo. Si estaban quemando el bosque era posible que quien delatara a mi Musa supiera el lugar de nuestros encuentros, y por allí empezara. El pensamiento ardió horrible dentro de mí tal como lo fue la pared de fuego que encontré en los albores del bosque por donde llegué a este encuentro. La pared tan alta como los árboles se extendía hacia ambos lados pues las bestias quemaban el bosque en círculo para evitar quemarlo todo. Corrí hacia la izquierda buscando un hueco en el fuego que por misericordia me dejara pasar. Entré en desesperación pues no la hallaba, y deseaba ilusamente que uno de mis poderes fuera entre fuego caminar. Seguí corriendo hacia la izquierda por un tiempo que pareció una eternidad, buscando un hueco para cruzar sin importar chamuscarme, si tan solo a ella pudiera salvar. Encontré un recoveco que dejaba ver un poco el otro lado y me lancé cruzándolo con furia animal. Corrí dando alaridos no por mi piel ardiendo, sino por el terror dentro. Conforme avanzaba el dolor de mi piel cedía, el de mi alma sólo crecía. Encontré otra feroz pared de fuego. De mi aliento exhausto salió un triste lamento. Mi corazón sufrió al temer que el lugar de nuestros encuentros hubiera sido devastado, pero pronto surgió la esperanza que el fuego habiendo iniciado en otra parte, aun no le hubiera alcanzado. La ilusión me hizo saltar y atravesar la segunda pared de fuego, corrí junto al dolor y hedor de mi piel como mis únicos testigos. Un charco de agua sirvió para apagar las llamas de mi cuerpo, pero no logró apagar la desesperación y el terror, mis viejos y buenos amigos.

 

En el primer instante de este encuentro sentí que algo me estaría quitando el viejo. Desvanecí con incredulidad ese pensamiento ante la imposibilidad de tal suceso. Escuché su historia para darle alguna ayuda que hiciera más ligero su peso. Él mientras tanto me robaba la energía de vida. Ahora débil y enfermo sólo atinaba a pensar que nada lo detendría. Él me miraba con tristeza y melancolía, no sabiendo si por el desenlace de su historia, o la mía.

 

- Encontré el paraje de nuestros encuentros que apenas reconocí, pues cuando fue verde y vigoroso, ahora era muerte gris. Llegué al árbol que elegí como guarida, me acerqué entumecido del tiempo y los sentidos, deseando que ella asomara mirando con alivio, devolviéndole a este hombre la alegría. No lo hizo y me aferré a la idea que estaba dormida, hábilmente quedando en el fondo de su escondite, lejos de las garras del aire que ardía. Metí mi mano dentro del hueco tanteando con ternura y cuidado, encontrando en el fondo su cuerpo de piel tersa sin pelo. Logré tomarla con la certeza que su vida salvaba, pues su cuerpo tibio y blando así evidenciaba. En mi florecía un magnífico alivio, haciéndome olvidar mi piel que dolía en hastío. Ya fuera del árbol la miraba mientras la sostenía, con ojitos cerrados parecía dormida, pero su cuerpecito era más caliente que tibio, su sueño no era plácido sino desfallecido, y a pesar de mis llamados amorosos, continuó para siempre dormida.

 

Me invadió una tristeza descomunal. Carecía de la fuerza para levantar e irme. Sin voluntad para hacer nada. A continuación apareció un miedo horrible. Empecé a llorar desconsoladamente. El viejo siguió narrando.

 

- La sostenía con ambas manos como siempre hacía. Busqué en ella un latido, un aliento, algo que me sacara de esa cruel pesadilla. Miré en todas direcciones buscando ayuda pero solo encontré un limbo de cenizas. Humos grises se elevaban en una danza triste y vacía. Miré a Shoyo pero no encontré el brillo de sus ojitos para recordarme que todo estaría bien. Caminé con ella en mis manos hacia algún lugar de bosque verde y vivo, un espacio digno para recostarla y contemplarla, pues este nuestro bosque devastado no era un marco para su sueño eterno. La luz de la mañana nos dio la bienvenida a un paraje pequeño de árboles jóvenes que dejaban entrar el sol, y que un pasto verde devolvía en flores de todos los colores. La recosté entre las flores donde el sol nos daba un terso baño, el pasto vibrante nos abrazaba con afecto, las flores nos acariciaban la vista y nos brindaban aromas para aliviar nuestras heridas. Todas las sensaciones eran correctas excepto una, ella no estaba ahí, sus ojitos no reflejaban más el universo. ¿Cómo me había mirado ayer cuando la dejé en su refugio? quizás reclamando mi partida, como si ella supiera que sería la última vez que la vería. ¿Por qué la dejé sola? Tal como el fuego consumió mi bosque de golpe, así perdí mi más grande tesoro, la dicha más grande que yo tuve, la gloria de estar acompañado por esta criatura amorosa que alegró mis días, que me curó, y sin pedir nunca nada a cambio. Mi única hija. ¿Quién jugará ahora conmigo? Como un rayo llegó aquí en mi pecho un dolor rompiendo mi corazón en mil pedazos. Caí de lado en el piso de flores y me tomé de las rodillas pues el dolor era terrible. Me sentí muy enfermo y en donde estuvo mi corazón se abrió un hondo y frío vacío, y como una enorme bestia emergiendo de ese vacío, asomando ya todo su ser, mi más cruel venganza. 

 

Ese mismo hueco en el pecho me aterrorizaba a mí, pero en lugar de venganza lo que emanaba era un pavoroso miedo a morir. La muerte que siempre imaginé me llegaría sin tomarme por sorpresa, pues imaginaba que estaría preparado para recibirla y aceptarla. Ahora sólo veía un monje iluso ahogándose en un miedo abrumador a morir. Miré al viejo con desprecio y le pregunté: ¿Qué me has hecho? fiel a su costumbre me miró sin responder a mi pregunta, y continuó narrando su historia.

 

- Me asomé al mundo de las bestias por un instante, y con fuego y deprecio acabaron con mi hija, mi musa, y mi bosque. ¿Qué he de deber para que la tragedia se haya colado en un instante y me lo haya arrebatado todo? Mi ser era un mar de remordimiento por permitir ese instante de descuido. Muy rápido comprendí la historia detrás de mi tragedia. Mi musa eligió desde el primer día compartir nuestras conversaciones con su hermana. Aquella que lloraba mirando de lado avergonzada por haber sido la oveja negra detractora. Confesar los andares de su hermana a los hombres de sangre y oro tenían la intención de buscarle ayuda, aunque ponían en evidencia la malicia de una hermana invadida por la envidia de tener la misma piel tersa, los mismos ojos azules, y cabellera roja, pero en la versión amarga, triste y descolorida. Ella había acudido con los torturadores impulsada por una mezcla de celos y envidia que ella confundió con intención de ayuda. Sólo se le reveló su error cuando el cuerpo de su hermana golpeó tantas veces en el piso, cayendo en cuenta que ella era el verdugo de su amada hermana. Con estos pensamientos la encontré sentada en una silla en el jardín de su casa, ahogada por la rabia, y ardiendo en el infierno de la culpa. Los ojos azules que en su hermana reflejaban la luz de la consciencia y el coraje, en ella sólo se asomaba la poca valía que sentía por sí misma. Sin tan sólo su padre la mirara con el orgullo que miraba a su hermana, si tan sólo su madre conversara tan alegremente con ella como hacía con su hermana, si tan sólo ella también pudiera arrebatar miradas a los hombres del pueblo. Todos estos pensamientos le escuché decir claramente en su mente. Por la noche cuando fue a dormir estaba agotada de sufrir, abrumada por su traición, y aterrorizada de comprender sus verdaderos motivos. En esa vulnerabilidad empecé a hablar con calma y serenidad en mi mente para ella. 

 

- Al día siguiente la hermana triste de ojos sumidos fue ante McAllure ocultando muy bien el desprecio que sentía por ese hombre que la había engañado al asegurarle que el trato a su hermana se limitaría a un simple interrogatorio. Con sonrisa fingida le agradeció por limpiar el alma de su hermana, y le rogó dar una breve lectura acerca del mal y sus secretos a los varones adultos del pueblo. McAllure dudó un instante, pero luego accedió, reconociendo el valor de parecer cercano de vez en cuando a los fieles, para así ejercer una fuerte impresión que los acercara aun más al Dios que él representaba. A la mañana siguiente la hermana triste se levantó al alba, y con una energía y alegría poco usual colocó ramos y pétalos de unas hermosas flores rojas alrededor y a lo largo de las cuatro paredes de la casona que servía como salón de clases. Deseaba que estas fueran apreciadas como una pequeña sorpresa de bienvenida a tan distinguido visitante. Con miradas sumisas en una mezcla de emoción y miedo los asistentes miraban agradecidos a McAllure por el especial gesto que les brindaba. Este a su vez daba unas pocas y escuetas palabras de reconocimiento por la excelente labor en la purificación del bosque, la cual necesitó de mucho ingenio y manos, para quemar una porción en círculo perfecto, y así expulsar a ese demonio descarado que se atrevió a hablarle al altísimo. La joven de ojos sumidos recibía y arengaba a los caballeros a tomar su lugar. McAllure empezó a hablar en tono alto con los gestos dramáticos propios del papel que siempre interpretaba. La joven triste salió del recinto cerrando por fuera la puerta principal cruzándola con dos tablas, las cuales siempre lograron el objetivo que los estudiantes atendieran rigurosamente la enseñanza. Miró en todas direcciones y descubrió que el campo entre la casona y el pueblo estaba vacío de esposas e hijos que ya habían partido a sus responsabilidades. Pensó que sólo ahora resultaba conveniente que esta casona fuera construida en este sitio tranquilo y alejado del pueblo. Se recordó corriendo ese campo alegremente junto a su hermana. Ahora mismo la podía ver corriendo por delante de ella, su bella cabellera agitándose por el viento, escuchando su bella risa que celebraba el amor por su hermana menos rápida. Se puso de cuclillas junto a la puerta y acarició una flor con su mano derecha, a la vez que con la izquierda sacaba de entre la tierra un artefacto. Ya de pié y silbando una de las alegres melodías que solía cantar su hermana empezó a prender fuego a las flores que estaban bañadas de alguna sustancia inflamable, al igual que lo estaban las cuatro paredes y el techo. La casona de madera ardió completamente en pocos segundos. La chica de ojos tristes contemplaba la puerta posterior del aula para asegurarse que otra cruz de tablas continuara ahí sellando la segunda y última puerta. Esta puerta no cedía ante los feroces golpes y desesperados empujones de alguien que en el otro lado gritaba eufórico, y sus gritos se parecían tanto a los de una mujer, que la joven tuvo que revisar mentalmente si acaso alguna despistada hubiera quedado dentro, pero pronto fue claro que McAllure, el altísimo, tenía entre su repertorio de matices vocales también los muy agudos. Los gritos dentro del recinto fueron horribles y desgarradores, pero nada logró sacar a la joven de su estado de resolución e indiferencia. Pasaron eternos segundos antes que alguien a lo lejos atinara a entrar en pánico y solicitara ayuda con gritos desesperados. Una parte del techo de la casona cayó derrumbando la pared posterior, lo que la joven triste aprovechó para caminar lentamente hacia el fuego enfurecido, aceptando ser devorada para siempre. La turba que anoche fuera entusiasta y alegre por el fuego ahora no lo estaba, y los gritos de pánico y terror alcanzaron lugares profundos en el bosque. En un golpe de extraña suerte nadie atinó a entender las causas del incendio, y la chica de ojos tristes fue incluida entre las víctimas que finalmente se contaron en sesenta y siete. Pocas explicaciones se encontraron, y tantas historias se contaron para explicar la tragedia, todas ellas desatinadas y ridículas, pues no puede esperarse otra cosa de las ovejas supersticiosas. Un río pudo hacerse con las lágrimas derramadas, y un valle pudo llenarse con los gritos y lamentos. Así fue mi venganza. Redonda. Completa. Ojo por ojo, y diente por diente. A quien hierro mata, a hierro muere. ¿No es así como debe ser buen monje?

 

 

Om Shanti

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