El Demonio de los Árboles, los Bosques y sus Criaturas

 

In a Parallel Universe Very Very Near You

 

3º Zeta3

 

La cara del viejo se transformó dibujando una amplia sonrisa y su ánimo cambió del día a la noche. Miró al frente en algún punto más allá de los árboles y giró la cabeza como si escuchara algo a lo lejos con su oído izquierdo. Entrecerró los ojos y frunció el ceño como deleitándose de una hermosa melodía.

 

- A la media noche exploraba un bosque de árboles altos con troncos muy gruesos. Un canto lejano llegó a mis oídos. Shoyo asomó su cabeza de entre mi pecho pues hacía frío y ella venía viajando ahí. Emergió con pelos alborotados y ojos de sueño. El canto me absorbió y con seguridad a Shoyo también pues no ladró y se quedó muy quieta. Ambos buscábamos en la oscuridad el origen del inusual canto armonioso. Seguí caminando con pasos sigilosos para no hacer un ruido de hojas secas que asustara a la singular visita. El canto era encantador. Vocales cantadas largamente en una amplia gama de notas, luego una rápida consonante, y otra vez una vocal larga. Había una devoción, una súplica y un amor formidables en todo ese despliegue de sonidos. Más adelante el resplandor de luz de una fogata se colaba entre los árboles abrazándolos. Pedí a Shoyo silencio lo cual obedeció con el correspondiente beso en su pequeña nuca sin pelo. Bordee por los árboles hacia la izquierda buscando quedar por un lado de la fogata y continuar incógnito. El canto continuaba inalterado en todas sus cualidades lo que dio un excelente acompañamiento a mi suspenso.

 

Podía ver ese suspenso reflejado en ese rostro lleno de grietas que en un momento podía ser capaz de mostrar la emoción más sublime, como la más terrible. Sin duda este viejo había vivido mucho y con una amplia gama de emociones.

 

- Lo primero que vi fue el fuego de una fogata pequeña pero intensa. Luego se reveló finalmente al cantor. Una mujer. Su cabellera a la luz del fuego era de un rojo como los atardeceres más dramáticos. Estaba de rodillas sentada sobre sus talones, y de espalda a la fogata lanzaba su canto al bosque. Seguí escuchando y devorando cada nota, cada inflexión de su canto, que lo hacía por momentos una plegaria, a veces un clamor, otras una ofrenda. Ella miraba a la negrura del bosque infinito a la que yo siempre miro también. Cantaba y movía delicadamente sus finas manos completando su comunión. ¿Estará esta mujer cantando al bosque? Eso era lo que yo hubiera querido creer. Conociendo a los humanos con seguridad cantaba a algún ser querido ahora muerto, al amor de algún hombre difícil, o una devoción religiosa siempre imposible. Sea quien fuera el destinatario de ese canto era un afortunado como yo lo era de escucharlo ahora. El canto era estupendo y se sentía muy correcto para acompañar la majestuosidad y el misterio del bosque que sólo los que moramos en él comprendemos. Entonces ahí, en ese momento de comunión extendido a mí, me di cuenta de algo que estuvo frente a mi nariz desde siempre.

 

El hombre estaba en trance. Escuchando y mirando absorto a la mujer en esa memoria que mantenía tan clara. Sostenía una sonrisa de paz como la de algunos monjes cuando en meditación han llegado a un lugar profundo, o a la realización de una verdad que se hace tuya, y que viene con un mar de paz en el que pareces flotar. 

 

- El bosque es mi madre y mi padre. Desde que llegué aquí él siempre me guardó, protegió y enseñó. Lo hizo como los buenos padres y madres deben hacer. Miré a Shoyo y comprendí que también había encontrado una hija. Toda esta realización, ese entendimiento, llegó como una lanza dirigida al corazón llevándose de golpe mi vieja amargura. Y por un momento, sólo por un instante y en ese lugar donde está el corazón, supe con verdad lo que es la paz. La mujer detuvo su canto. Sólo quedó para escuchar el tronar de las ramas ardiendo en su fogata. Lentamente se volvió hacia el fuego con ojos de ensueño y sonrisa delicada. Comió algo y bebió un poco. Era una mujer de ojos muy azules y una cara tan blanca que al reflejo del fuego la hacía ver de en una belleza sobrenatural. Parecía una visión sacada de un sueño muy hermoso en ese vestido aterciopelado del color azul del mar adentro. Miré a Shoyo que ya colgaba su cabecita para volverse a quedar dormida y la guardé en mi pecho para evitarle el aire frío. Ella aceptó acurrucándose y poniendo su nariz fría contra mi pecho tibio. Miré por todas partes buscando indicios de quien podría estar acompañando a esta joven pero no los había. Ella traía provisiones para una persona y no había cosas que alguien más pudiera cargar. ¿Por qué una joven se extravía en un bosque quedando al asecho de las bestias humanas? ¿Cuántos caballeros que no merecen el nombre atacarían a esta bella mujer cuando se aparece la posibilidad? ¿Cuál era el destino de su canto divino y apreciado por nadie? Ella quedó un poco distraída con la mirada puesta en el fuego, quizás el vino que bebió le dio esa ligereza. Hablé en mi mente para ella diciéndole que buscara refugio pues el bosque de media noche no es para los distraídos ni los inocentes. Y… ella respondió.

 

- “Señor de los bosques, los árboles y sus criaturas. He venido en tu búsqueda. Por favor no me pidas que me vaya.” Solicitó en una voz armoniosa como su canto. Imaginarás mi sorpresa por este acontecimiento buen monje. Yo había dicho las palabras claramente, pero sólo en mi mente. No las hablé al aire como hago ahora.

 

El viejo narraba con sorpresa y desconcierto. En mí volvieron las dudas si todo esto no sería un gran cuento. Si de eso se trataba este hombre era el mejor para contarlo. Deseaba seguir escuchando pues su historia era única y su actuación estupenda. Mi cansancio iba en aumento así que cambié mi postura por una donde pudiera estirar los pies. Algo me insistía fuertemente en quedarme un poco más.

 

- Volví a decir en mi mente, y esta vez verificando doblemente mis labios en el caso que hubieran tomado vida propia. “Los bosques son peligrosos para bellas jóvenes como tú, sería sabio marcharte ahora.”

 

- “Señor de los bosques, los árboles y sus criaturas, ¿Te ha gustado mi canto? ¿mi ofrenda? han sido para ti y para encontrarte.” Ella se puso de pié sosteniendo un pequeño ramo de flores de todos los coloremientras miraba a la negrura del bosque frente a ella por encima de la fogata. Tragó saliva buscando valor y dijo nerviosa, “Te he buscado por mucho tiempo, por favor no me pidas que me vaya.” ¿Qué es este truco? pensé, ¿Cómo sabe de mi devoción por los bosques y sus criaturas? Un misterio me envolvió de saber que ese bellísimo canto, ¡era para mi! Volví a decir en mi mente para ella, “¿Porqué me buscas?”

 

- “Anhelo la verdad. Estoy agotada y agraviada por las leyendas y cuentos de los hombres. Quiero conocer la verdad y sé que tú puedes ayudarme a encontrarla, ¡Deseo aprender de ti!” Esto último lo dijo en voz alta y había un inocente descaro en su solicitud. La estudié por unos instantes. Era claro que buscaba coraje dentro de sí misma por el miedo que sentía. Sus ojos muy abiertos y su respiración agitada añoraban el alivio de mi pronta respuesta. Sin titubeos volví a decir en mi mente para ella, “La verdad es fuego que ilumina pero quema a quien no esté listo para recibirla, ¿estás segura que es la verdad lo que deseas?”

  

- “¡Sí! ¡Acepto Señor de los árboles, los bosques y sus criaturas! Y si debo morir ardiendo por la verdad que así sea.” Su declaración de aceptación era eufórica. 

 

- Dije en mi mente para ella: “Nos veremos en este paraje del bosque todas las noches a esta hora. Unas flores muertas no son un regalo para mí pues ese es verles con vida todos los días. Tu regalo para mí será que escucharás a corazón abierto lo que tenga para decirte.” 

 

- “¡Si Señor de los bosques, los árboles y sus criaturas!” Tomó sus cosas con una calma que fingía pues su alegría le hacía temblar toda ella, y deseaba correr en alguna dirección hasta cansarse, como hizo después a la salida del bosque.

 

- ¿Conoces el amor verdadero del aprendiz hacia el maestro buen monje? ¿Amaste verdaderamente a tus maestros? ¿Recibiste tal aprecio alguna vez? Todo ello, y más, yo lo conocí con ella. La mujer de la cabellera roja como los atardeceres más dramáticos.

 

Todas esas preguntas retumbaron dentro de mí con fuerza pues eran un asunto que me causó un arder de inconformidad cuando joven. Siempre me pregunté, ¿cuál era el sentido de esta vida, de meditar, caminar y observar? Cuando estas preguntas me atormentaban preguntaba a nuestro guía si yo debía estar en otro lado, si mi vocación era otra, si mi mundo era otro. Muchas veces él sólo respondió con una sonrisa de paz que en todas las ocasiones fue muy amarga y dolorosa para mí y me decía, “Sigue meditando, todas las respuestas florecerán en su tiempo.” El viejo continuó.

 

- Ella cumplió con su palabra de escuchar a corazón abierto siempre y desde el primer día. Al ser ella buena aprendiz de mi salió todo lo mejor que tenía para enseñarle, así que además de mi aprendiz, era también mi musa. Que vínculo tan perfecto de enseñar y aprender, y cuando le enseñaba, yo volvía a aprender. Y cuando ella aprendía, ella me enseñaba algo nuevo de vuelta a mí. ¿Puedes entender algo tan profundo y sutil monje rebelde? 

 

Volvió a mirarme con desprecio. Yo escuchaba estando en un trance sumamente ligero, como el de los niños cuando les cuentan un cuento. Distante pero presente se mantenía ese malestar que se sentía como si hubiera estado conmigo por días. El malestar que fuera una sensación de amargura en el estómago, ahora también era una presión en el pecho que se sentía como un hueco frío y vacío. Estaba cansado pero dispuesto a escuchar.

 

- La primera noche yo aguardaba con la seguridad de que ella aparecería tal como el búho no desconfía que llegará la noche. Puntual a la hora encendió la fogata. Vestía el mismo vestido azul. Su cabello caía esplendoroso. Inició las preparaciones de su ritual, deseando fervientemente que todo lo ocurrido el día anterior no hubiera sido sólo un sueño. Cantó esta vez con una pasión agradecida. Era la visión de un ángel. Al concluir se puso de pié, miró al fuego, y con impaciencia juvenil preguntó, “Señor de los Bosques, los Árboles y sus Criaturas, ¿Existen los Dioses?” Ninguna pequeñez su pregunta, ¿No es así buen monje? ese deseo de saber la hacía radiante, especial, única.

 

- Dije en mi mente para ella: “Los Dioses en la forma que los piensan los humanos y todas sus religiones no existen, nunca existieron, y no existirán jamás. El Padre Sol y la Madre Tierra son juntos el único Dios, y los miles de millones de formas de vida que juntos crean son sus milagros que están ahí para verse todos los días. Para ver esto hay que ver con consciencia pura. A lo largo de la historia han habido hombres y mujeres que reencuentran la luz de su consciencia pura, luego ellos enseñan a otros a ir en búsqueda de esa luz para hacerla suya. Muchos de esos aprendices no comprendieron o no fueron, y unos pocos bien intencionados, pero irremediablemente ilusos, escribieron libros que con el tiempo se volvieron leyendas de fantasías. Quienes siguen esas fantasías lo hacen por miedo y esperanza. El humano es una presa constante del miedo y la esperanza así que crea Dioses que les protejan de sus miedos, y les cumplan sus deseos. No hay un Dios que te hiera o te cure. No hay un Dios que te ignore o piense en ti. No hay un Dios que te odie o te ame. No hay un Dios que te enjuicie o te perdone. Todas esas ilusiones son creadas por el pastor para mantener a las ovejas controladas mientras se les roba su lana y se les hace caldo.” Ella devoró cada palabra, habló enseguida.

 

- “Señor de los árboles y las criaturas, si Dios no existe entonces, ¿Qué es el orden del mundo y sus bosques, los mares, el cielo y sus estrellas, las criaturas y las personas?”

 

- Dije en mi mente para ella: “Hay un orden de todas las cosas que cambian y se transforman todo el tiempo. Un orden donde este Universo crea abundante luz y vida pero es indiferente a las necesidades de protección y cuidado de nadie. El humano lo sabe en su corazón, ahí donde tiene un gran miedo, así que crea dioses que le cuidan, enseñan y protegen. Pero ¿Acaso sabes de algún Dios que vino para enseñar alguna lección al ignorante? ¿Algún Dios que vino a impartir justicia cuando se cometieron los crímenes más atroces una y otra vez? ¿Algún Dios que vino a curar de los afligidos, los enfermos, los hambrientos y los desamparados? No. Nunca ha sido así, ni será, porque si un Dios hiciera concesiones de protección paternal para los humanos, y no para toda su creación, sería un Dios elitista al que sólo le interesa el cuidado de una diminuta parte de su creación dejando al resto a merced del caos. Un supuesto Dios protector tendría que cuidar también a las plantas, los peces, los insectos, las bacterias y las células, en este, y todos los mundos. Eso luce imposible y ridículo ante el orden universal que nos deja ver que todo vive, cambia y muere en una sinfonía de transformación. Ese orden está ahí para verse con claridad todos los días. Hay que observarle abandonando nuestro miedo y egoísmo de pensar que al ser la criatura más racional en este planeta eso nos hace merecedores de un cuidado divino y exclusivo. En esa sinfonía todos somos pequeños y vulnerables, pero eso sí, todos somos Uno en la armonía de sus notas que con el tiempo se transforman en una sinfonía más y más hermosa. Reflexiona muy bien en lo que he dicho y tu siguiente pregunta la recibiré mañana.” Ella devoró con atención cada palabra. Sus ojos muy abiertos reflejaban el fuego de la fogata y estaba muy quieta permitiendo que lo que escuchó retumbara fuerte dentro de ella. En la negrura del bosque sólo se escuchaba el crujir de la fogata ardiendo. Finalmente dijo: “Gracias Señor de los Bosques, los Árboles y sus Criaturas.” Recogió todas sus cosas con calma. Sus ojos evidenciaban que estaba en algún lugar dentro de sí, estudiando a fuego lento todo lo que había escuchado.

 

- La segunda noche su canto estuvo lleno de una paz gloriosa. Después de nuestro breve encuentro ella había puesto algo muy dentro de ella en calma. ¡Oh buen monje! Mi musa. Sus labios estaban iluminados con un brillo tenue. Su cuerpo estaba relajado en un terso alivio y con ojos soñolientos miraba a la negrura del bosque allá en frente. Tomó su tiempo. Habló: “Señor de los árboles, los bosques y sus criaturas: Las personas viven esclavos de una cruel pesadilla que los oprime en vida mientras se les promete una salvación después de la muerte que no ocurrirá. ¿Cómo puedo despertar a las personas de esa pesadilla?” Querido buen monje, mi musa guerrera.

 

El viejo hizo una reverencia inclinándose al frente con una sagacidad de alguien más joven. Lo miré mientras se mantenía inclinado y me pareció por un instante que hubiera rejuvenecido unos buenos veinte años. No le di mucha importancia suponiendo que la luz del medio día y la sombra del árbol me jugaban una broma óptica. Su cara con ojos cerrados dibujaban una máscara de completa complacencia. Volvió a erguirse y continuó.

 

- Dije en mi mente para ella: “Deberás descubrir dentro de ti si verdaderamente deseas hacer eso. Los humanos tienen un pié en el reino de las otras criaturas en cuanto a que el dominio continua siendo un instinto. Necesitan ser controlados, sometidos y guiados tanto como necesitan controlar, someter y guiar a otros. Un lobo de estos bosques pelea con otros lobos por el derecho de dominio. Cuando se establece un vencedor todos los demás lobos aceptan por instinto y naturaleza. Los humanos dominan a otros haciéndoles creer en supersticiones y fantasías para conseguir un placer retorcido. El ser humano es supersticioso y cree en cualquier cosa inimaginablemente absurda, aún cuando se jacta vanidoso de su inteligencia superior respecto del resto de la creación. Escriben historias, códigos y reglas para que todos las sigan como si eso hiciera legítima la fantasía. ¿Cuál es el fin preguntarás tú? El primero es bien intencionado pues busca crear alguna forma de orden para las bestias que son los humanos. El segundo es darle el poder al pastor. El pastor es adicto al placer torcido de controlar y dirigir, las ovejas son adictas a la seguridad y esperanza de creer que se les cuida. Este contubernio supone ser una defensa ante el implacable universo que es indiferente a las necesidades de nadie. Abandonar esa ilusión para ver las cosas tal cual son requiere de un coraje que muy pocos tienen, pues es preferible para ellos vivir con el miedo de una mente nublada y entumecida en un sueño, que una mente clara y alerta en la realidad tal cual es. Dime, ¿Te has sentido abandonada al caos ahora que sabes que un Dios que te cuide o castigue no existe?” Ella escuchaba atenta hasta que la pregunta la sacó de su concentración. Habló en seguida.

 

- “Siempre sufrí a mi Dios porque permitía los atropellos y sufrimiento que se ven todos los días. Le hablaba, le reclamaba y le rogaba para que intercediera con su justicia. Jamás respondió a mis súplicas. Mi madre dice que Dios tiene cosas más importantes que hacer, mi padre dice que Dios sabe lo que hace, y mi hermana que Dios actúa misteriosamente. Todo eso me hace sentir furiosa, ¡impotente!” Gritó esa última palabra haciendo que el bosque en los ruidos de cientos de criaturas quedara en silencio por un instante. Continuó: “Ayer que vi a través de ti que mi Dios no existe sentí alivio pues todo empezó a hacer sentido. Quedé despierta toda la noche armando un rompecabezas de insensatez y dolor que me atormentó por siempre y que quedó finalmente completo. La pieza del rompecabezas que era mi Dios no era necesaria y lo demás quedó completo sin ella. A la mañana siguiente sentí un miedo agudo pues si mi Dios no existía entonces mis conversaciones con él fueron al vacío. Comprendí que nadie cuidó de mí o de mi familia, nunca hubo un destino para mí escrito en las estrellas, nadie me espera en el más allá para decirme si fui buena. No habrá un infierno para mis castigos, ni un paraíso para mis recompensas. Vi que todas mis súplicas fueron a la nada y entré en pánico pues sabía que eso era la verdad. Lloré amargamente al comprender que no soy importante para un Dios que no está ahí, y quedé huérfana del padre que era el Dios que yo tenía. Por la tarde un fuerte miedo me seducía a volver a creer en ese Dios, de pretender que sí existía y aceptar que ciertamente actuaba de formas misteriosas. Quizás yo debía ser una mejor hija para él y no hurgar más allá de lo que nos dicen los hombres santos y sus escritos. Esta noche cuando venía hacia acá mis dudas y mi miedo desaparecieron a cada paso que daba. Supe que no había un Dios y eso está bien. Hay un orden en todo este maravilloso universo que no necesita quien lo dicte, y eso es correcto. Ningún Dios cuida de mí, ni de mi familia, pero nosotros cuidamos el uno del otro, y eso es un tesoro. Yo tengo que hacerme cargo de mis asuntos pues no hay ayuda divina, y eso es lo justo. Al llegar aquí y cantar para ti también canté para mí pues sentí que había vuelto a nacer al despertar de un sueño muy oscuro, y por fin, después de toda esta vida, me sentí verdaderamente libre.” En ella se dibujó una sonrisa radiante que reflejaba esa paz que había encontrado.

 

- Dije en mi mente para ella: “Es una libertad que deseas dar a otros despertándoles de su pesadilla lo cual es una empresa noble que muchos han intentado. Cuando alguien es presa de una pesadilla durante la noche, y uno les despierta, ellos agradecen asustados pero con alivio. Los que son presas de la pesadilla de Dios torturan y matan con cierta brutalidad a quienes osan intentar despertarles. Demasiadas religiones del mundo tienen en sus santos precisamente en las mujeres y hombres que quisieron despertarles de sus fantasías y aliviarlos de su dolor. Reflexiona si realmente deseas despertar a alguien y recibiré mañana tu siguiente pregunta.” Ella había cumplido con su palabra de escuchar a corazón abierto. Como los buenos aprendices tenía dudas, pero se las llevaba para reflexionar antes de inundar al maestro con un sinfín de confusiones menores. Dijo: “Gracias Señor de los árboles, los bosques y sus criaturas.” Con delicadeza recogió sus cosas, apagó el fuego, y partió llevando dentro de sí la pregunta más fundamental de su vida. 

 

El viejo mostró pena en esas últimas palabras. Respiraba lentamente y miraba a las flores azules añorando que ella hubiera puesto sus pasiones en cualquier otro desafío.

 

 

Om Shanti 

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